Brevísima historia de los pigmentos


Serie MODOS DE COLOR / 1

De pequeños aprendimos en la escuela que la luz blanca es la mezcla de todos los colores del arco iris, al que el profe de física se empeñaban en llamar “el espectro de la luz”; y que el color de los objetos se debe a que su superficie absorbe todos los colores del espectro menos el que vemos. Es decir, una manzana es roja porque, de todos los colores que van en la luz blanca, el rojo es el único que se refleja en su superficie y todos los demás desaparecen, engullidos de alguna manera por la manzana —así por lo menos te lo imaginabas cuando te lo contaban. Nuestros ojos captan la luz reflejada por todos los objetos y perciben que la manzana es roja.

Pues bien, existen ciertas sustancias que son capaces de teñir los objetos, es decir, hacer que reflejen colores diferentes a los que solían. Este concepto es más sencillo, está más cercano a nuestra experiencia cotidiana. Esas sustancias se llaman pigmentos. Los pigmentos forman parte de la composición de pinturas, tintas, colorantes… vamos, todo lo que mancha.

Los primeros hombres y mujeres ya utilizaron pigmentos presentes en la naturaleza para pintar en las paredes de las cuevas o en sus propios cuerpos. Con el uso de carbón vegetal y ciertas sustancias minerales las obras resultaban duraderas, así que se aprendió a reconocerlas, buscarlas e investigar la posibilidad de encontrar más.

Durante milenios esta búsqueda y el refinado de diferentes sustancias de origen mineral (óxidos de diferentes metales), vegetal (flores, cortezas, raíces…) y animal (insectos como la mariquita y moluscos como ciertas especies de caracol) dio como resultado una cada vez más extensa variedad de colores disponibles para los artistas de cada época. Esos pigmentos permanecen para nuestro deleite en las pinceladas de las grandes obras de nuestros museos.

La revolución industrial, la investigación científica y, por qué no decirlo, a veces la casualidad, permitieron sintetizar pigmentos a partir de materias más baratas y fáciles de conseguir. Todo esto repercutió en el campo de la impresión, en una época en que la cultura comenzaba a popularizarse gracias a esta vía. Los avances en las técnicas de impresión, la comprensión de la física del color y la experimentación con pigmentos nos hizo llegar a la conclusión de que apenas mezclando unos pocos colores fundamentales podía conseguirse una gama enorme de ellos. Esos colores primarios de la impresión fueron el cian, el magenta y el amarillo. Más tarde se añadiría el negro, ya que con las mezclas de los demás no se conseguía un tono negro suficientemente oscuro y el nuevo ingrediente mejoraba además el contraste de las imágenes. El resultado compensaba el añadido. Esta técnica, la cuatricromía —cuatro colores— se ha utilizado hasta nuestros días para imprimir la producción editorial a color de la humanidad.

La manera de sintetizar el color a partir del cian, el magenta y el amarillo se denomina combinación o síntesis sustractiva y da como esquema el llamado modelo de color CMY(K) por las iniciales en inglés de los colores: Cyan, Magenta, Yellow… y Key —clave— para el negro (el que la K provenga o no de blacK, como muchos hemos pensado en alguna ocasión, no tiene la menor importancia). Para saber cómo se llegó a esta receta de colores primarios para la impresión aún hay otro modelo de color que hemos de conocer.


De la cañaílla, tan familiar para los andaluces de costa, se extraía la mítica púrpura, el exquisito pigmento que en la Antigüedad era sinónimo de majestad.