Parecidos razonables



Todavía no nos habíamos acostumbrado a disponer de un nuevo canal de televisión, cuando corrió como mal chisme de artículo en artículo y de boca en boca de publicista una revelación impactante: el logotipo de “cuatro” era un plagio… del del New Party Nippon, un partido político minoritario de Japón. Peregrino, sí, pero todos corrimos a la página del susodicho para comprobarlo. Efectivamente, el parecido es mayúsculo.


Hurgando en la herida: comparación del tamaño relativo y posición del círculo menor.

Yo, que intento ser templado en mis juicios y prudente en mis opiniones, me planteé cuántas maneras diferentes hay de combinar equilibradamente un círculo rojo grande y un círculo rojo pequeño. La respuesta en sí no es importante, pero habría mucho que hablar (y espero poder hacerlo aquí en el futuro) sobre armonía y composición. Pocas, la verdad, hay pocas maneras de hacerlo.

Lo que nos lleva a afrontar la maledicencia: ¿qué probabilidades hay de que un prestigioso estudio de diseño francés se arriesgue a copiar una idea, por antípoda que sea, dándole además todo el bombo del mundo en la presentación de la cadena? Pues igual de pocas. O menos aún.

El sentido común se inclina por la idea de que en un mundo tan cargado de expresión gráfica como el nuestro, tan sencillos elementos ya se le tenían que haber ocurrido antes a alguien (no me gusta la expresión “todo está ya inventado”. Si lo creyera me dedicaría al cultivo de la chirimoya, lo juro).

Todo esto viene a ilustrar un peligro al que nos enfrentamos continuamente los diseñadores gráficos: el plagio involuntario. Nosotros, más que otros, por nuestra ocupación, estamos inmersos en el maremagno de los mensajes gráficos, consultamos revistas del tema, páginas en la red, echamos un vistazo al trabajo de colegas, compañeros, la competencia… y toda esa información se queda ahí, en la trastienda de una imaginación que hemos de ejercitar obligatoriamente en nuestra labor cotidiana. Tarde o temprano, una de esas imágenes sale confundida entre el tumulto que invocamos cuando trabajamos en un proyecto. Y de todas ellas, igual ésta queda bien, igual la elegimos como una buena propuesta, igual al cliente es la que más le gusta. Y la gibamos, Flánagan.

Yo me someto a un concienzudo, consciente examen cada vez que llego a un buen resultado. “¿No he visto yo esto en alguna parte?” Intento asociar mi resultado, permaneciendo lo más relajado posible, a tantas otras imágenes que he debido ir almacenando en mi memoria al cabo de los años. Si no soy capaz de encontrar una coincidencia plausible, me quedo algo más tranquilo. Algo.

He aquí uno de esos casos que hizo saltar una minúscula alarma. Fue hace pocas semanas. Una de las propuestas de logotipo para un cliente que iba a renovar su imagen corporativa me recordó la de American Airlines. Gracias a Internet, pude comprobar ipso facto mi sospecha. Tras sopesar un rato, me convencí de que no era un parecido tan evidente (¿cuántas maneras hay de combinar en un logo dos aes mayúsculas?). Días después di gracias porque el cliente eligió otra de las propuestas; pero, ¿qué habría pasado si le hubiese gustado la sospechosa? Seguramente le habría contado todo y mostrado el de las líneas aéreas. No tanto por recibir una palmadita de ánimo en la espalda como por ser honrado (así se duerme muy bien por las noches). Puede uno plantearse si es “malo” que dos ideas se parezcan. En principio, no; pero el orgullo profesional no suele permitírtelo, y eso es bueno.



Por cierto, existe una exposición muy interesante sobre el tema (y un libro editado por la editorial Electa) que ha recorrido algunas ciudades de nuestro país en los últimos años: se trata de “cocos / copias y coincidencias”.