Esqueletos vestidos



Hace años comencé a estudiar árabe en la escuela de idiomas. Esta lengua fascinante posee por añadidura un alfabeto propio (un alifato, hablando propiamente) que durante el primer año absorbe al estudiante a través de prácticas caligráficas esenciales para adquirir la necesaria familiaridad con sus signos.

Una de las prácticas más interesantes era la de copiar líneas manuscritas reales. Es decir, después de haber practicado las formas básicas de las letras se aprendía a “deformarlas”, tal y como hace cualquiera cuando escribe a mano su propio alfabeto. Entre los renglones de molde de los párvulos y la “letra de médico” existen tantas variantes formales de las mismas letras como personas. El valor, pues, del ejercicio, era inmenso, ya que nos obligaba a centrar nuestra atención en aquellas características de las letras que las identifican y las hacen reconocibles, independientemente de la velocidad a la que se escriban. Es lo que el compositor de textos Philipp Luidl denomina esqueleto. Hablamos de la mínima expresión formal de cada letra: a veces un elemento geométrico básico; otras, una descripción casi topográfica.

En mis cursos de diseño gráfico practicamos el reconocimiento de estos esqueletos, aprendemos a “extraerlos” de sus envolturas más complejas —el caso de las letras góticas— y analizamos los límites que un tipógrafo posee para “vestir” a su vez los mismos esqueletos a la hora de crear una nueva fuente tipográfica. Dado que el mandamiento supremo es la legibilidad, hemos de plantearnos el equivalente a calcular cuántos abrigos superpuestos o qué sombreros de plumas y botas puntiagudas puede ponerse alguien y seguir pareciendo una persona.



En la imagen superior he colocado a izquierda los esqueletos de la R y la g. La forma de un esqueleto es subjetiva; a veces creo que respondería mejor a una descripción oral por lo interpretable que ésta es, algo así como: “un círculo del que arranca en su parte inferior un rasgo curvo en el sentido de las agujas del reloj” para la g. El pequeño trazo en la parte superior de la letra (en rojo) no siempre aparece y no es esencial para su reconocimiento.

A la derecha muestro ambas letras vestidas de diferentes maneras. Nótese la variedad de formas que puede adoptar un signo. Son nuestra formación y experiencia las que nos capacitan para reconocerlos como el mismo. Las fuentes usadas son: 1 Helvética, 2 Verdana, 3 Bauhaus, 4 Gill Sans, 5 Garamond, 6 Gloucester extracondensada negrita, 7 Shelley Allegro Script, 8 Lucida Calligraphy, 9 Benguiat Gothic, 10 Gigi, 11 Jokerman y 12 Rina.

Quiero destacar que las letras y los números, por ser los signos más utilizados de forma cotidiana —miles de ellos entran por nuestros ojos diariamente—, son los que más variaciones permiten: una nueva forma compleja siempre puede relacionarse con otra ya existente, de entre la multitud de fuentes que nos rodean. Si en el muestrario de signos de una fuente buscamos los menos habituales (puntuación alta, arroba, copyright…) notaremos que la libertad creativa se supedita al reconocimiento del signo y la continuidad de la lectura.



El encabezado de la sección de información nacional del diario Al Alam nos sirve para ilustrar el contraste entre fuentes del alifato, un alfabeto extraño para nosotros y que por lo tanto nos coloca en mejor disposición de análisis. A la derecha se ha reescrito en una fuente serif. La comparación de los caracteres nos permite identificar el esqueleto a pesar de que las vestiduras son muy diferentes.