Tiza en la acera



Nunca he comprendido (ni me he esforzado mucho en querer comprender) por qué nos gustan tanto los bandos. No basta con ser aficionado a un deporte, ser fiel a una ideología o profesar una confesión religiosa, siempre hay que enfrentarse —al de enfrente.

A principio de los 80 estábamos peleados los niños de Spectrum y los niños de Commodore. Digo mal: yo —niño de Spectrum— no consideraba que 48 Kb de memoria fueran un arma enarbolable. Se me llegaron a quedar cortos para aquellos mis primeros programas en Basic, uno de los cuales fue publicado en una revista de la época y premiado con ¡5.000 pesetas!

Más tarde vino la disputa entre los usuarios de pecés y los de Mac, más pueril si cabe porque a todos nos pilló ya con edad de afeitarnos. A alguno que otro le he tenido que contar que yo tenía un pecé porque tanto los equipos como las aplicaciones eran más baratos, que con aquella plataforma aprendí y en ella me quedé. Los acérrimos del Apple Macintosh —que los había de todo tipo: desde el furibundo que parecía querer compensar alguna carencia, hasta el proselitista del que sospechabas que recibía comisión— te argumentaban con la lírica de las velocidades, las resoluciones, los tiempos de respuesta, las paletas, los filtros y los efectos hiperespaciales de sus aplicaciones (tema también este último a tratar aparte).

A mí personalmente nunca me ha compensado cambiarme. En el tiempo de la diferencia sensible en capacidades entre pecés y macs yo no tenía dinero como para dar el salto, y ahora que esa diferencia se diluye —mal que les pese a algunos— ya no tiene sentido perder un tiempo precioso que puedo dedicar a mi trabajo, mi formación o mi ocio.

Cuando me pilla tonto y me importa lo suficiente que me miren por encima del hombro suelo recordar(les) que por encima de los Mac hay más tecnología, hay equipos más potentes, existen estaciones de trabajo con prodigiosas arquitecturas que albergan procesadores capaces de alcanzar velocidades inimaginables para los usuarios domésticos e innecesarias para muchos profesionales. Seamos humildes y aprovechemos nuestro brío para sacarle partido a lo que tengamos.

Y lo más importante: que la tecnología no es el centro de nuestro oficio. Puedes irte a una tienda de bellas artes y comprarte un pincel mucho mejor que los que utilizaba Velázquez y no por eso te van a salir las Meninas. Un antiguo amigo era capaz de dibujarte con un Bic azul los desnudos más hiperrealistas que te puedas imaginar sobre una servilleta de bar. Yo mismo conseguía a veces, con seis o siete años, que los viandantes se pararan a mirar los dibujos que hacía con mis tizas de colores en la acera de mi calle.

Que te respalde la tecnología es un alivio, pero tiene que haber algo que apoyar en ella. No me defiendas tu herramienta, sino tu trabajo, aunque lo hagas a pedales.

Parece mentira que, además de a ciertos clientes, tengas que decirles estas cosas a supuestos colegas.


Cambiar de alguna manera tu herramienta de trabajo debe ser el resultado de plantearte si verdaderamente lo necesitas.