Yo en lo mío



Hubo un momento en la Historia en que fue importante que los artesanos dejaran una huella personal en sus obras; como en el caso de los alfareros, en que era, literalmente, la huella del pulgar.

Hay estudiosos que defienden la postura de que éste es el origen de nuestras modernas marcas comerciales. Qué duda cabe que en español la misma palabra “marca” hace referencia a una señal incisa en una superficie; esto también ocurre en otros idiomas: la inglesa “brand” en su origen hace referencia tanto a la acción de dejar una señal indeleble sobre algo (como el ganado), como al objeto usado para ello. Otros autores más impermeables a la evolución de las palabras no reconocen el actual concepto de marca hasta que llega el siglo XIX.

Por mi parte sólo quiero destacar la necesidad que surgió de identificar al dueño o autor de un producto (o, más tarde, un servicio); necesidad que tuvo razones diversas. Hace siglos los mercaderes marcaban con su sello el género y los más reputados veían como sus distintivos eran buscados por la clientela —eso mismo lo hacemos hoy por los pasillos de los supermercados—. Cuando el florecimiento del comercio hizo necesario el almacenamiento de mercancía, la identificación de las mismas cobró una nueva y vital importancia al facilitar su control. En la Edad Media, la marca sobre un producto aseguraba que había sido elaborado o criado en el seno de un gremio, respondiendo a los requisitos de calidad establecidos por el mismo —bien es cierto que en algunos gremios los símbolos utilizados tuvieron en ocasiones un carácter esotérico o ritual que se aparta de nuestro interés—. Hay que destacar que son estos gremios los que comienzan a utilizar los colores en sus escudos. Es fácil ver en todo lo anterior la génesis de nuestro moderno sistema comercial.

A lo largo del tiempo, sencillas figuras de animales y plantas, iniciales rudimentarias, esquemas geométricos y otros símbolos sirvieron a estos fines en sociedades no alfabetizadas (o sea, todas, porque los que sabían leer y escribir no salían de los monasterios). Tras la época de los grandes descubrimientos geográficos, con el aumento del comercio entre naciones y continentes, se hizo cada vez más necesario marcar, o dicho de otro modo, garantizar el origen y la calidad de las manufacturas producidas. Cuestión de prestigio.

Qué duda cabe que el crecimiento exponencial de población —con sus necesidades esenciales y las que habrían de adoptar una vez satisfechas las primeras— y el salto tecnológico que supuso la Revolución Industrial iban a traer una conciencia más profunda de este fenómeno, que a partir de la segunda mitad del siglo XX estalla con el combustible proporcionado por la idea del capitalismo y la vía de los medios de comunicación de masas. Nace entonces un oficio con la tarea de hacer apetecibles los productos de consumo e identificar a los fabricantes en un mercado creciente en variedad.


[izq.] Reproducción de la marca de Thomas Horton, mercader de lana del siglo XVI. [cen.] Los maestros canteros medievales marcaban ciertas piedras, algunas para indicar la colocación de la piedra una vez tallada, otras para ser reconocidos en la obra. [der.] La marca de Richard Pynson, impresor inglés del siglo XV.