Con la lengua fuera



Así nos tiene este verano de cuarenta grados de media a los malagueños. A mí no me ayuda el haber continuado trabajando sin apenas descanso desde hace meses: por las tardes como diseñador y por las mañanas como docente. El curso que imparto de creación y modificación de planos en dos y tres dimensiones está a punto de acabar, así que espero tener algo más de tiempo para volcar en este espacio todo lo que tengo en la cabeza.

Por ahora, un simple apunte de dos momentos que nos ha dejado esta primera mitad de agosto. El primero es el emocionante homenaje que la ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos hizo a las invenciones del papel y los tipos móviles. En un momento dado, casi un millar de bailarines formaron con los bloques de los tipos tres versiones del logograma “armonía”: al modo de las antiguas inscripciones en bronce, en caligrafía zhuànshū y el carácter correspondiente en la escritura china moderna.

Cambiando de tema, hoy comienza la feria de Málaga y aunque mi aprecio por este desmesurado botellón en que se va a convertir mi ciudad me insta a huir de ella, antes debo comentar el cartel de este año. Primero porque ha sido encargado al maestro melillense Francisco Hernández, del que Dalí dijo —con palabras variantes dependiendo de la fuente, aunque con una intención inequívoca— que era el mejor dibujante que había existido después de él mismo. Pero lo destacable de veras es la ejecución, ya que incluso tratándose de pintura, este hombre de setenta y tantos nos ha dado una lección a todos los diseñadores gráficos que tenemos la mitad o menos de años que él del uso de la línea y el atrevimiento, el riesgo… el descaro en el color. Dedicado con toda mi retranca a los que se creen a la vanguardia por copiar lo que ven en los anuncios de la tele.