Cuatro años para temblar



Desde que a principios de verano se hiciera público el logotipo oficial de los próximos juegos olímpicos, muchos británicos andan escandalizadísimos. Como siempre, no todo le puede gustar a todo el mundo, lo que me desgasta es que siempre se utilice una misma batería de argumentos maliciosos para defenestrar al diseñador, cuando no al oficio entero.


[izq.] El protagonista, [cen.] el imagotipo de la candidatura, obra de KinoDesign sobre el que ahora muchos vuelven la mirada y [der.] el documento de la candidatura, encargado a navyblue.

Mención previa merece la polémica por los numerosos casos de epilepsia fotosensible que produjo la exhibición de uno de los primeros vídeos promocionales. Lo he visto —aunque no he querido adjuntar un enlace para evitar males— y la verdad es que se veía venir: son dos minutos y medio de colorines y tramas muy contrastadas que cambian a gran velocidad surgiendo y saltando entre los protagonistas del montaje. El aspecto general es de animación artesanal, algo que no es malo en sí, pero sin estar enfermo ya marea.

Bueno, pues de la obra del estudio Wolff Olins han dicho de todo (y han hecho: hay decenas de vídeos y recreaciones del mismo que van desde lo jocoso hasta el más descarnado mal gusto), comparándolo con una esvástica rota, un par de figuras en actitud obscena o un mono —con perdón— cagando. Muchos londinenses se sienten tan poco representados —incluso burlados— por este icono que se han recogido miles de firmas para su retirada. Un circo.


[izq.] La versión para los juegos paralímpicos y [der.] una imagen extraída del material promocional de Wolff Olins.

Partiendo de la base de que a mí no me disgusta, tiendo más a defenderlo, ya que las manifestaciones en contra me parecen pueriles. Lo de percibir figuras “extrañas” antes de reconocer las cifras del año 2012 es de psicólogo (con test de Rorschach incluido, por supuesto). En cuanto a algunas de las más repetidas, el repertorio es conocido: no respeta los colores de los aros olímpicos (ah, ¿es obligatorio? Por lo visto, no), no es simétrico ni regular (aplíquese de nuevo la pregunta anterior), es pretendidamente original (¡es original sin ambages!… ¿no hemos quedado en que no respeta colores ni es simétrico? ¿más originalidad queréis?), es “ochentoso”, da sensación de pasado (es quebrado, móvil y vibrante, sí, pero si eso para algunos es patrimonio de un momento concreto de la historia reciente, esos algunos deberían hojear algún libro ilustrado de historia del arte de todo el siglo XX), es abstracto (en esa abstracción cada uno puede aportar su interpretación… a mí, por ejemplo, me gusta la forma en que las cifras convergen en un punto central, promoviendo quizá el concepto de “unión”), ¿varios cientos de miles de libras ¡para esto!? (“esto” cuesta lo que cuesta y nadie suele iniciar debates sobre las tarifas de los fontaneros, por ejemplo… más sobre las definiciones de barato y caro en nuestro oficio aquí próximamente). Etcétera. Me paro aquí porque he leído análisis más “profundos” que me han hecho recordar que tengo cosas más importantes que hacer, pero puedes pasearte por los cientos de reacciones que hay en la red para darte cuenta de la cantidad de personas que se levantan por las mañanas con ganas de enfadarse, incluyendo en el lote —y es lo triste— unos cuantos diseñadores gráficos.

Lo único que a mí no me gusta de la idea es lo desproporcionadamente pequeño que es el rótulo del nombre de la ciudad, que lo va a convertir en una manchita molesta cuando se reproduzca en dimensiones reducidas. Pero poco más podría decir.

El problema de hacer un trabajo que va a verse tanto y por tanta gente (¡todo el mundo!) es que todos vamos a dar nuestra opinión y debo reconocer que no me gustaría que esto terminase en una claudicación en favor de los que se sienten más cómodos en las reconocibles siluetas de un Big Ben, un puente o un eye. Apoyo la valentía; demasiadas veces tenemos los diseñadores que doblegarnos a los gustos de un cliente sin visión. ¿Que podría haberse elaborado un mensaje visual más acorde con la ocasión? Sin duda —y en mi caso habría optado por ello antes de atreverme con una solución tan tajante, ya que las limitaciones me motivan—, pero no creo que se deba castigar una osadía que no está haciendo daño a nadie.