La entelequia del rojo claro



unque entre nuestro trabajo y el cliente pueda existir la mediación de un comercial o incluso un completo departamento de comunicación, en ocasiones se nos exige de una manera más o menos diplomática, más o menos directa, explicarle a aquél los conceptos básicos en los que basamos nuestras decisiones, algo tanto más irritante cuanto que con ello no sólo parece dudarse de nuestra profesionalidad —si es que el cliente de veras cree que ser diseñador gráfico es una profesión, algo para lo que debemos estar preparados—, sino que se considera que el mismo cliente tiene la capacidad de juzgar adecuada o no una solución en base a una formación que ni posee ni es nuestra misión proporcionarle. ¿Le pediría esa persona al fontanero que viene a arreglarle el inodoro que le razonase por qué utiliza un tipo de soldadura y no otro?

Un hecho de este tipo me ha ocurrido hace poco. Un cliente deseaba que uno de los elementos principales de un proyecto fuese “rojo clarito, pero no rosa”. Te puedes imaginar por dónde anduvo el tema.

Es sabido que la palabra rosa se utiliza para una gran variedad de tonos basados en el rojo o el magenta. Fucsia, salmón, chicle o palo son miembros de una heterogénea familia que, según diferentes percepciones, puede incluso adentrarse en los difusos confines del morado. Lo que desde luego resulta impepinable es que si aclaramos un rojo —sobre todo un saturado, como quería mi cliente—, el resultado va a formar parte de la prole descrita. Pues bien, hasta que al mencionado cliente no le hice un esquema (no es una manera de hablar) no se creyó lo que yo ya le había asegurado hasta tres veces.

Como tarde o temprano te va a ocurrir un episodio de éstos, mi único consejo es paciencia… y un medidísimo toque de severo orgullo profesional.

« Cualquier rojo claro no rosado de esta escala es discutible. Nuestra profesionalidad no debe serlo