Un recuerdo de verano



ace meses que el trabajo no me deja tiempo para ir ampliando este espacio, algo —es mi deber decirlo— por lo que estoy inmensamente agradecido en una época como la que vivimos. Sin embargo esta semana me ha vuelto el recuerdo de un mediodía de verano de hace muchos años. Un recuerdo que es justo que quede aquí reflejado.

Durante el mes que a mi padre le correspondía de vacaciones, por las mañanas íbamos toda la familia a una de las playas más populares de la ciudad. Cogíamos un autobús que tras más de media hora de trayecto nos dejaba en lo que entonces eran las afueras. Tras una mañana de baños y juegos, y un refresco y una tapa en un bar que las hacía exquisitas, regresábamos en el mismo autobús.

Un calurosísimo mediodía, en uno de esos autobuses de vuelta a casa —tendría yo diez, quizá once años— prendió en mi cabeza uno de aquellos proyectos que casi a diario espoleaban mi creatividad —siempre relacionados con el dibujo o las manualidades— y que llenaban mis largos veranos de interminables días de placer (“este niño, siempre dibujando”). Y lo hizo con tal fuerza que estuve a punto de levantarme del asiento de la emoción. Recuerdo perfectamente ese nerviosismo de la anticipación.

Nunca lo había visto desde esta perspectiva, pero ahora me doy cuenta de que yo estaba predestinado a tener este oficio: había decidido, tan pronto como esa tarde abrieran los comercios, ir a una de mis adoradas papelerías a comprar con el dinero que me asignaban mis padres un gran cuaderno de dibujo donde iba a ir recopilando, dibujados por mí y coloreados con mis ubicuos rotuladores, los imagotipos de todas las grandes marcas de aquellos días. Ya imaginaba agruparlas por temas: automóviles (el rombo, el círculo partido en cuatro, la estrella de tres puntas), aparatos electrónicos (aquellos ángulos que se apretujaban, los rótulos con sus letras especiales que habría que trazar con cuidado), líneas aéreas (con sus trazos que se escapan, sus alas), alimentación (las formas suaves de los desayunos, la energía de los refrescos), editoriales (un molino, monogramas)… de todo; los que ahora mismo veía por la ventanilla y me hacían asomarme como a un espectáculo inesperado (“recordar los helados”). Podía casi ver, estampados sobre la ciudad que corría, el acabado nítido de los rotuladores, su olor familiar. Lo que iba a disfrutar con aquella misión que me llevaría semanas.