Pequeños mundos en un universo



a elevada cantidad de imagotipos que haya que incluir en un proyecto no es la única dificultad a afrontar. No debemos olvidar que cada uno de ellos es una unidad gráfica autónoma creada según unas reglas entre las que se define el modo en que se relaciona con fondos de color sobre los que se aplique. En aras de la creatividad, el proyecto no debería supeditarse a esa norma, más aún teniendo en cuenta que los distintos imagotipos no tienen por qué compartirla. Se impone pues desde el principio planear una solución para, bien crear un “estuche” marginal donde el grupo de imagotipos moleste lo menos posible —no es ningún secreto que cualquier diseñador o diseñadora preferiría no tener que incluir elementos impuestos y disruptivos—, bien darle la vuelta al problema e ingeniárnoslas para aprovecharnos de ellos como un elemento gráfico más.

Cuando el estuchado es inevitable —o la menos mala de las soluciones— se debería reservar un espacio prudencial desde que comenzamos a trabajar; ya dije que la situación ideal es cuando en esa primera etapa se ha conseguido obtener todos los imagotipos que deben aparecer, pero no es lo habitual. Una vez establecidos los tamaños y proporciones entre ellos, debemos resolver el problema del color de fondo. Ilustraré distintas dificultades y posibles soluciones con cuatro carteles reales.


El primero es una estructuradísima pesadilla que ocupa cerca de una quinta parte del cartel. Se aprecian perfectamente los distintos grupos jerárquicos y dado que la práctica totalidad de los imagotipos se idean —ya sea de forma característica o en una de sus versiones— para poderse aplicar sobre blanco (lo que se denomina aplicación en positivo), es el blanco el color elegido para el fondo, sospecho que para hacer algo más llevadera la agonía de la persona responsable.

En el segundo ejemplo vemos una solución discutible para fondos oscuros: incluir los imagotipos en rectángulos para mantenerlos sobre un fondo blanco propio, quizá porque no se disponía —al menos en todos los casos— de sus correspondientes versiones en negativo, que resuelven estas situaciones. A su favor cuenta con el refuerzo de la sensación de equidad al remarcarse áreas semejantes. Decidirse por esta solución implica guardar el denominado margen de exclusión para cada imagotipo: una zona expedita a su alrededor que lo separa de cualquier otro elemento gráfico y cuya medida viene definida en el manual corporativo de cada marca.

Por último, el tercer y cuarto ejemplos muestran soluciones alternativas que implican cambios en el color de los imagotipos: las versiones en escala de grises —se aprecia sobre todo en el logotipo central del tercer caso— y “blanco y negro” respectivamente; ambas también deben tomarse del manual corporativo de cada entidad y no simplemente desaturar o manipular de cualquier otra manera la versión a color. En el tercer ejemplo se ha optado por la monocromía, no porque hubiese problemas con el fondo (se ha delimitado un recuadro blanco para alojarlos), sino posiblemente para no darles excesivo protagonismo. En el último caso, la versión en negro —sin gama de grises, sólo zonas negras— es especialmente adecuada para un fondo de tono medio; se consigue así relegar a las entidades al plano informativo suficiente.