Identidad mal entendida



a política de comunicación visual de la Junta de Andalucía está consiguiendo que los andaluces estemos hartos de la imagen institucional de nuestro gobierno. Durante décadas ha conseguido saturarnos con unas estructuras gráficas monolíticas que apenas han cambiado desde unas ideas originales que tampoco podrían calificarse de soluciones brillantes. Cuando la imagen corporativa se impone —en lugar de acompañar discretamente, sin hacerse protagonista—, primero aburre, y poco después, estomaga. En Andalucía todo es Pantone 356 (el “verde Junta”, que antes fue el 355 y supone uno de los escasos cambios introducidos en los últimos años), ya no apetece coger ninguno de los miles de folletos maquetados exactamente igual y que nos miran desde una portada que exhibe la sempiterna franja lateral de adivina qué color... y hemos terminado acostumbrándonos a ver el símbolo genérico hasta en la sopa. A este respecto resulta desalentador que, como me ha ocurrido en ocasiones al trabajar para el gobierno autonómico, si la promoción de un evento implica a varias consejerías, este símbolo debe aparecer en los créditos tantas veces como éstas.

Un ejemplo de esta salvaje injerencia en los criterios básicos de diseño, que ata las manos de los profesionales, lo he encontrado hace poco en Sevilla. Al tomar el metro me encontré unas instalaciones magníficas, un servicio adecuadísimo a las necesidades de la ciudadanía... y una señalética que provoca rubor.

Como sólo existe una línea y algún color debe identificarla, se ha elegido... en efecto: el verde (lo mismo ocurrirá con la línea 1 del metro de Málaga). Toda la señalética es verde, monocromática hasta extremos risibles: a estas alturas, en que la reproducción del color se ha abaratado considerablemente desde los prohibitivos precios de finales del siglo pasado, la decisión de transformar el valiente imagotipo original en una versión a una tinta plana como elemento gráfico principal es inadmisible.



El símbolo de la Junta aparece por todas partes, imponiéndose y anulando al del metro, al que, por su parte, no parece importar mostrar girado allá donde una escalera obligue a inclinar el trazado de los luminosos direccionales —¿estaría tal aplicación reflejada originalmente en el manual corporativo?—. La línea de diseño de los directorios (de concepto tan pobre que las zonas tarifarias son delimitadas por líneas discontinuas verdes en lugar de utilizar un código de colores, como suele ser habitual, comprensible y estético) y la cartelería informativa sólo coinciden en su falta de recursos estilísticos.









Mucho me temo que en Málaga vamos a descubrir que se ha repetido este despropósito cuando bajemos a los andenes de nuestras estaciones dentro de unos meses, dado que el afán por esta uniformidad autonómica desmesurada ya lo hemos podido ponderar en las mismas vallas de obra o en el hecho de que las páginas web de los metros de Sevilla, Málaga y Granada y del Tranvía de Jaén responden a la misma plantilla, sin concesiones a creatividad alguna.

No considero que las andaluzas nos merezcamos chapuzas de este calibre.